MADRES TERRA, sanación y reparación simbólica

Madres Terra es una serie fotográfica que retrata la fortaleza, la resistencia y el renacimiento desde la tierra de mujeres familiares de víctimas de asesinatos por parte de la fuerza pública, residentes de Soacha y Bogotá. En las fotografías, a blanco y negro, las mujeres se presentan enterradas bajo tierra, solo descubren sus rostros y, en algunas ocasiones, sus brazos. La idea de la serie fotográfica surge del interés del fotógrafo cartagenero Carlos Saavedra por la tierra, y por dar a conocer la historia de estas mujeres. De esta forma, las fotografías se enmarcan dentro de lo que se conoce como fotografía documental; imágenes que cuentan una historia de vida a través de un rostro, el de las mujeres; y, a través de una situación particular, el entierro. Carlos quiso plasmar en las fotos algunas relaciones y tensiones de carácter ancestral y mítico como la tierra y la madre, en tanto ambas son fuentes de vida. También quiso representar la tierra, entendida como aquello que sepulta, y por eso hay una doble connotación porque puede generar vida, pero también albergar la muerte. No se trataba entonces de un trabajo artístico a partir de una conceptualización de la imagen, pues las sesiones fotográficas eran momentos de gran intensidad para las participantes. Para su realización, Carlos les explicó a las madres y hermanas de las víctimas de Soacha, quienes para ese momento aún no estaban organizadas como fundación MAFAPO, en qué consistía el proyecto. El proceso, a pesar de ser el mismo, no era percibido ni sentido de la misma manera por las mujeres, pues cada mujer es un mundo distinto. Para la mayoría la idea de enterrarse resultaba muy extraña; por lo tanto, en principio solo ocho mujeres, de las dieciocho que hacen parte del colectivo, estuvieron dispuestas a participar. Sin embargo, tras la realización de las primeras sesiones fotográficas, más mujeres quisieron enterrarse y ser fotografiadas. Así que a las ocho primeras fotos se sumaron dos más y, posteriormente, cinco nuevas mujeres decidieron también hacer parte de la serie, para lograr un total de 15 fotos. El caso de Ana Páez, una de las mujeres, es particular porque al comienzo se rehusó a participar, pero tres años después decidió hacerlo. Para ella fue un proceso difícil, tanto por lo inusual que resultaba cubrir su cuerpo desnudo con tierra y enterrarse, como por la carga simbólica y emocional que conllevaba el encontrarse en la misma situación de su familiar fallecido. La experiencia se enmarcaba entre dos momentos profundos e intensos: el momento de enterrarse y el momento de salir, que se asemejaba a una liberación. La serie fotográfica, ganadora del premio “Everyday Heroine Award Grant”, ha sido expuesta en distintos lugares alrededor del mundo. En Londres se presentó en la universidad King College; también en una institución fotográfica en Woodstock; así como en universidades de Bangladesh y Turquía. En Colombia se expuso en Bogotá, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, entre mayo y julio de 2018. La serie se convirtió en un ejercicio de catarsis en diferentes dimensiones para quienes participaron. Para las mujeres fue un proceso confrontador y en muchas ocasiones difícil de asumir, pero finalmente liberador porque de alguna manera contribuyó a su proceso personal de duelo y sanación. Por parte de Carlos, el fotógrafo, la intensidad y la fuerza del momento lo obligaba a asumir una disposición particular para tomar las fotos porque para él son muy importantes el momento en el que se toma la foto, la preparación del lugar y de la persona que va a ser fotografiada, pues de todos estos aspectos va a depender el potencial comunicativo que la imagen tendrá para afectar a un posible espectador. Si las personas involucradas en la fotografía, tanto los protagonistas de la foto como el fotógrafo, sienten intensamente el momento, es probable que la imagen tenga un efecto semejante entre quienes la contemplen. Al final tanto las mujeres como el fotógrafo coincidieron en los propósitos de la serie, pues la idea fue, y sigue siendo, visibilizar, sensibilizar y concientizar acerca de una realidad poco conocida, ocultada, pero de gran trascendencia para la sociedad colombiana, donde existen grandes obstáculos al esclarecimiento de la verdad que constantemente es alterada y manipulada de forma deliberada. En un contexto semejante, el arte funciona como una herramienta que, además de sanar las heridas y propiciar la catarsis, ofrece nuevas vías y realidades que contribuyen a la búsqueda de esa verdad, aunque no sea objetiva; así como al encuentro de caminos alternos para la paz y la reconciliación y a la creación de un espacio para reflexionar sobre la memoria.

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